Artículo de Gabriel Levinas publicado en Ñ la semana pasada

“Cómo empezar a comprar arte”

(o Manzanas eran las de antes)

Mientras pensaba en esta columna, recordé las manzanas de antes, más pequeñas, de color y tamaño desparejos, pero dulces, ácidas y crocantes al mismo tiempo. Mi padre solía decirme cuando yo las saboreaba con avidez: “One apple a day keeps the doctor away”.
Hoy las manzanas son mucho más grandes, parejas de color y tamaño, lustrosas, pero arenosas por dentro, sin sabor y probablemente nos enfermen de productos químicos.
Después de comprobar cómo cambian los artistas que el público consagra a través de los años, los críticos que el lector valora o el coleccionista que ostenta el mejor conjunto de obras del momento, se puede concluir que difícilmente se pueda determinar quién  de los que se supone que sabe, realmente sabe.
En otros tiempos, una forma de aparentar conocimiento era buscar exitosos afuera, antes de que la  información llegara a Buenos Aires (otro lugar de la Argentina casi no importaba) y, con alguna leve modificación, copiarlo acá.
Hoy en día, a los copiones les resulta complicado tener información que otros ya no tengan, por razones que no vale la pena enumerar. El problema más difícil de resolver  para ellos y para los críticos es detectar la originalidad a través de la fechas de realización; sólo les queda entonces la sensibilidad y la intuición para apuntar al verdadero artista. Otra vez como al principio.
Después vienen los rescates de artistas olvidados, o poco conocidos o resurgidos, como es el caso de muchos geométricos que durante décadas habían perdido vigencia.
Pero aun sin entrar a discutir su calidad, para poder resucitarlos se necesitan condiciones que nada tienen que ver con su calidad.
En principio y fundamentalmente, antes de iniciar el proceso tiene que haber mucha obra disponible y factible de ser acopiada.
Luego conseguir involucrar a varios coleccionistas de moda; ahí empieza el baile que todos conocemos.
Si el artista es buenísimo pero sólo hay disponibles algunas pocas obras y el resto ya está colgado en casas de gente de clase media que no pertenece al juego, sufrirá el proceso inverso: se irá depreciando de manera lenta y segura.
¿Cómo, entonces, uno debe aconsejar a quien se inicia  y quiere comprar algún cuadro para colgar en su casa?
¿Le sugiere lo que es bueno o le ofrece lo que puede tener chances de aparecer entre limusinas y Lía Crucet, para subir rápidamente de precio gracias a ello?
Creo que es un buen momento para reflexionar acerca de si los artistas, críticos, curadores y coleccionistas no debiéramos intentar poner  adelante los valores artísticos de las obras.
Pero, mientras nos ponemos de acuerdo, voy a sugerir una buena manera de orientarse: es tratar de escuchar en las reuniones donde se juntan  todos ellos si se discute de arte o de precios.
Y además observar si  el artista que uno está por comprar está presente en cada uno de los acontecimientos “importantes” con una copa de vino o champagne en sus manos, en lugar de estar trabajando en su taller. Quienes tuvieron en cuenta estos dos datos en la historia del arte de los últimos tres siglos difícilmente se equivocaron. Pudieron atravesar las cáscaras lustrosas y perfectas; consiguieron, con esa simple receta, encontrar las manzanas más sabrosas.
Gabriel Levinas

Galería Wussmann

Venezuela 570, Buenos Aires

arte@wussmann.com

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1 comentario

Archivado bajo argentina, arte, Arte Latinoamericano, Buenos Aires, Debates, pintura, San Telmo Art District

Una respuesta a “Artículo de Gabriel Levinas publicado en Ñ la semana pasada

  1. Ana Teitelbaum

    Gabi: hace un montón que busco una dirección para escribirte. Tu no te acordarás de mí (nos conocimos en la època del Porteño) Soy artista plástica y psicoanalista. Un día me pediste que viera a tu amigo Alejandro Bluth ya que yo venía a veranear en Uruguay. Hace años me fuí de la Argentina y al ver este año 2 artículos tuyos en Ñ mandé mails pidiendo tu direcciòn pero no tuve respuesta. tTengo sumo interés en ponerme en contacto contigo. Un beso, Ana Teitelbaum.
    P.S. Recuerdo haber estado en tu casa y que tu hacías unos frascos con conservas maravillosos. c

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